Los seres humanos
comenzamos a mirar y a maravillarnos con las estrellas del cielo nocturno mucho
antes de tener la capacidad de razonamiento para comprender el cómo y el porqué
de ellas.
La contemplación del firmamento nació como un acto placentero, un juego
de la mirada y de la imaginación, al cual poco a poco fuimos otorgándole
significado y utilidad.
Desde luego, nunca
vemos el cielo exactamente como aparece en una fotografía.
El ojo humano
observa en tiempo real: la retina no acumula energía ni “pixeles”, como lo hace
la película fotográfica o los sensores digitales.
Todo lo que percibimos pasa
de inmediato al cerebro y se guarda en un plano inconsciente, del cual quizá
podamos rescatar fragmentos en algún recuerdo posterior.
En una noche
despejada y oscura, lo que vemos a simple vista se asemeja a la imagen que
solemos imaginar: un tapiz de luces que invita a la contemplación.
Allí,
nuestra mente comienza a crear patrones, figuras y constelaciones que se
repiten cada noche y cada año.
Este juego ancestral estimuló la curiosidad y el
desarrollo de la inteligencia humana, abriendo el camino hacia el razonamiento
crítico, la lógica, la filosofía, la matemática, la ciencia y, finalmente, la
astronomía.
La dimensión lúdica
nunca debe perderse en ninguna actividad humana.
El placer de hacer lo que
realizamos es esencial, y si además viene acompañado de alguna recompensa
física o práctica como estímulo para continuar y sobrevivir; esa utilidad
ocupa un segundo lugar.
La primera recompensa siempre ha sido estética y
espiritual: el gozo de contemplar los grupos estables de estrellas brillantes,
como las que hoy llamamos “Las Tres Marías”, “Las Siete Cabritas” o la figura
del “Escorpión”.
Ni qué decir de las
innumerables formas geométricas que se dibujan en el cielo, como el papalote y
su cola que forman las estrellas de la Cruz del Sur.
Estos grupos celestes nos
iniciaron en la entretenida y útil actividad de contar, y en la costumbre de poner nombre a las cosas, aunque no supiéramos del todo qué eran. Así, del mismo modo
que hoy bautizamos fenómenos aún misteriosos como la “materia oscura” y la
“energía oscura”, nuestros antepasados dieron nombres a las luces del cielo.
La pregunta sigue
viva:
¿Qué podría ser ese objeto que vemos cada noche, durante semanas, en el
mismo lugar y a la misma hora?
La respuesta exige observar, investigar,
formular hipótesis y ponerlas a prueba, aceptando o descartando posibilidades.
Esa es la esencia del espíritu científico: la curiosidad que nunca se conforma.
Nuestros ojos también
se han deleitado con regiones que parecen pequeñas nubes, algunas con matices
de color.
La “Nebulosa de Orión”, las de Sagitario y Escorpión, junto con la
compleja riqueza de estrellas, cúmulos y nebulosas que forman la banda luminosa
de la Vía Láctea, son regalos maravillosos que la naturaleza nos ofrece noche
tras noche.
La astronomía, en su
raíz más profunda, es un acto de contemplación y de gozo. Es ciencia, sí, pero
también es arte, juego y poesía.
Observar el cielo es recordar que somos parte
de un universo inmenso, y que el placer de mirar hacia arriba ha sido, y seguirá
siendo, una fuente inagotable de preguntas, descubrimientos y belleza.