sábado, 10 de enero de 2026

La astronomía por placer

Los seres humanos comenzamos a mirar y a maravillarnos con las estrellas del cielo nocturno mucho antes de tener la capacidad de razonamiento para comprender el cómo y el porqué de ellas.
La contemplación del firmamento nació como un acto placentero, un juego de la mirada y de la imaginación, al cual poco a poco fuimos otorgándole significado y utilidad.

Desde luego, nunca vemos el cielo exactamente como aparece en una fotografía.
El ojo humano observa en tiempo real: la retina no acumula energía ni “pixeles”, como lo hace la película fotográfica o los sensores digitales.
Todo lo que percibimos pasa de inmediato al cerebro y se guarda en un plano inconsciente, del cual quizá podamos rescatar fragmentos en algún recuerdo posterior.

En una noche despejada y oscura, lo que vemos a simple vista se asemeja a la imagen que solemos imaginar: un tapiz de luces que invita a la contemplación.
Allí, nuestra mente comienza a crear patrones, figuras y constelaciones que se repiten cada noche y cada año.
Este juego ancestral estimuló la curiosidad y el desarrollo de la inteligencia humana, abriendo el camino hacia el razonamiento crítico, la lógica, la filosofía, la matemática, la ciencia y, finalmente, la astronomía.

La dimensión lúdica nunca debe perderse en ninguna actividad humana.
El placer de hacer lo que realizamos es esencial, y si además viene acompañado de alguna recompensa física o práctica como estímulo para continuar y sobrevivir; esa utilidad ocupa un segundo lugar.
La primera recompensa siempre ha sido estética y espiritual: el gozo de contemplar los grupos estables de estrellas brillantes, como las que hoy llamamos “Las Tres Marías”, “Las Siete Cabritas” o la figura del “Escorpión”.

Ni qué decir de las innumerables formas geométricas que se dibujan en el cielo, como el papalote y su cola que forman las estrellas de la Cruz del Sur.
Estos grupos celestes nos iniciaron en la entretenida y útil actividad de contar, y en la costumbre de poner nombre a las cosas, aunque no supiéramos del todo qué eran. Así, del mismo modo que hoy bautizamos fenómenos aún misteriosos como la “materia oscura” y la “energía oscura”, nuestros antepasados dieron nombres a las luces del cielo.

La pregunta sigue viva:
¿Qué podría ser ese objeto que vemos cada noche, durante semanas, en el mismo lugar y a la misma hora?
La respuesta exige observar, investigar, formular hipótesis y ponerlas a prueba, aceptando o descartando posibilidades.
Esa es la esencia del espíritu científico: la curiosidad que nunca se conforma.

Nuestros ojos también se han deleitado con regiones que parecen pequeñas nubes, algunas con matices de color.
La “Nebulosa de Orión”, las de Sagitario y Escorpión, junto con la compleja riqueza de estrellas, cúmulos y nebulosas que forman la banda luminosa de la Vía Láctea, son regalos maravillosos que la naturaleza nos ofrece noche tras noche.

La astronomía, en su raíz más profunda, es un acto de contemplación y de gozo. Es ciencia, sí, pero también es arte, juego y poesía.

Observar el cielo es recordar que somos parte de un universo inmenso, y que el placer de mirar hacia arriba ha sido, y seguirá siendo, una fuente inagotable de preguntas, descubrimientos y belleza.

 jav